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EL PUERTO DE MAZARRÓN, UNO DE LOS GRANDES PRECURSORES DEL TURISMO DE SOL Y PLAYA EN ESPAÑA

Artículo de Mariano Guillén Riquelme, cronista de la Villa, donde explica como se inició el turismo en nuestro municipio y la repercusión del mismo a nivel nacional.

Autor: Mariano C. Guillén Riquelme (Cronista Oficial de la Villa de Mazarrón)
Fotografía: Fco. García Jorquera

          El lugar que actualmente ocupa el Puerto de Mazarrón ya generó en la antigüedad un hábitat muy beneficioso para el ser humano: humedales, salinas, pesquerías en el mar y una sucesión de acantilados y playas donde fueron estableciéndose  pequeños fondeaderos al resguardo de los vientos dominantes. 

Con el paso del tiempo, vivir tan próximo al mar también conllevó el riesgo de las invasiones berberiscas que con sus razias sembraron el terror en la población. No sería hasta bien entrado el siglo XIX cuando Mazarrón ensanchó sus horizontes al mar, salió del reducto donde había permanecido enclaustrado y comenzó a establecer sus viviendas junto a la ensenada marítima. 

En ese ámbito aperturista surgieron las primeras oleadas migratorias, la mayoría relacionadas con el incremento del tráfico portuario y las buenas perspectivas económicas que auguraban las explotaciones de plomo y plata. Fue así como irrumpió el pequeño caserío del puerto de mar, transformado desde 1850 en dársena comercial para importación y exportación de diferentes géneros.

De manera sincrónica, surgiría el turismo como nuevo e insólito fenómeno social en la localidad costera. A ese respecto traemos a colación un acuerdo concejil fechado en julio del año 1856, en el que alcalde y regidores aprobarán una medida cautelar en defensa del naciente turismo playero. Las protestas formuladas ante la Junta de Sanidad por algunos bañistas en el verano de 1856, llevaron a pleno ordinario el enojoso asunto de dos cocederos de esparto que había en las playas de “La Isla” y “Junta de los Mares”. 

La Corporación, teniendo en cuenta la proximidad de la época de baños, tan necesarios para la salud pública, y considerando las emanaciones pútridas que exhalaban dichos cocederos, ordenaba a los fabricantes dejar aquellos lugares completamente limpios, antes del día 20 de julio. En cuanto a los antiguos veraneantes del siglo XIX, debemos situarnos en el contexto de una incipiente burguesía murciana muy ligada al turismo de salud, balnearios y descansos estivales: genuina casta social que muy pronto descubrió el placer de nadar en las refrescantes playas de Mazarrón.

 La temprana devoción de muchos viajeros por los baños de mar y sus saludables efectos, propició la construcción de un buen número de casas de veraneo al borde de la bahía. Al respecto, las primeras licencias para construir casas de veraneo sobre la misma orilla del mar en el Puerto, datan de 1881 y son promovidas por un tal Francisco Rodríguez Raja. 

Una petición que fue unánimemente refrendada por el Concejo, pues según afirmaron los ediles, así se mejoraba el ornato público del Puerto, no perjudicando a terceros y verificando un bien para aquellos habitantes, toda vez que aumentaría el número de viviendas. 

Y para ofrecer mejoras a los clientes, las casas fueron rápidamente complementadas con un grupo de barracas situadas dentro del mar, cuyo acceso sería posible mediante un puente de madera. Así, los bañistas que pagasen un módico alquiler, dispondrían de un lugar cómodo para desnudarse y vestirse, quedando a salvo de miradas extrañas durante su inmersión. 

La Municipalidad aprobó el proyecto, considerando que con la oferta se introducía un adelanto por el cual mejoraban la decencia y la moral pública.  

Pero, una parte del paisaje legado por aquellos antepasados que buscaron de manera indiscriminada “colocarse” en primera línea, es un tanto desolador. 

En determinadas playas las viviendas se amontonan sobre la orilla de manera espantosa, casi pugnando por llegar primero y coger el mejor espacio, el único e incompartible espacio desde donde se divisa el mar. No obstante, y a pesar de los despropósitos, Mazarrón todavía exhibe uno de los paisajes naturales más hermosos del litoral mediterráneo, el que va de Bolnuevo hasta Percheles. 

Allí emergen sierras peladas de calizas grisáceas, acantilados agrestes y aguas tranquilas que arrojaron bajeles corsarios hasta la Cueva de los Lobos. Un mar de posidonias inmaculado escribe cada atardecer un verso libre que contrasta con el descrédito de los paraísos turísticos de cartón piedra: la belleza es simplemente natural y todos podemos disfrutarla.
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