Mazarrón Hoy

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HISTORIAS DEL MUNICIPIO

Autor: Juan Martínez Acosta


1785. Una curiosa muerte en la Torre de Puerto de Mazarrón.


Ya habían pasado los tiempos en que Morato Arráez arrasaba la costa levantina, pero todavía en 1785 había esporádicas incursiones de guerra. Dos años antes se combatía con fiereza entre españoles y argelinos en Argel, y todavía se darían casos de ataques piratas berberiscos.

Desde su Alumbres natal el matrimonio formado por Ginés de Plazas y Antonia Ruíz llegó al puerto de Mazarrón hacia la primera mitad de los ochenta. Ginés había sido destinado como alcaide a llevar la defensa de la antigua torre, y allí se instalaron, junto a dos torreros más. Oficio peligroso el suyo, expuesto a los ataques piratas o de las naciones con las que España guerreaba. Como dice Muñoz Zielinski, los encargados de vigilar las mismas vivían en unas condiciones muy duras, y como ellos, sus familias, como era el caso de Antonia Ruíz, que acompañando a su marido vivía en la torre, con unas vistas espectaculares de la hermosa bahía mazarronera, pero en un entorno completamente hostil. Y además el estado pagaba tarde y mal; hasta veinte meses de sueldo se había llegado a deber a los de la zona de Cartagena, y suponemos que también a los mazarroneros.

Decían los informes que hacía 1759 la torre, llamada de San Ildefonso (para los vecinos torre nueva), estaba muy deteriorada, por lo mucho que se le había castigado en la última guerra. En 1769 la habitación del alcaide y de los torreros se hallaba inservible. En 1785, cuando Ginés y Antonia la habitaban, la torre seguía en estado tan ruinoso como siempre y pese a que los informes oficiales hablaban de reforzarla con un pequeño fuerte artillado, este no se llevaría a cabo hasta principios del siglo XIX. El ingeniero Mateo Vodopich hacía una consideración muy interesante sobre las torres de defensa. Que ya que se hacían torres de vigilancia y se artillaban con cañones para proteger a los vecinos, sería conveniente que a estas torres fuesen destinados artilleros “respecto que ninguno de los torreros están instruidos en el manejo y puntería de este arma, siendo la circunstancia más precisa que se requiere para el servicio de todas las torres de la costa”. Es decir, que los torreros vigilan pero no saben disparar con acierto.

Situada a unos 60 metros sobre el nivel del mar, con una buena posición sobre la bahía, pero insuficiente para cubrir las diferentes calas que la rodean; aislada del entorno, a sus pies queda el escaso caserío del puerto, con sus almacenes de sosa y barrilla. En 1787 según Ferrándiz tenía 26 casas en la que vivían 135 personas.


El 18 de octubre de 1785 se presentó una tormenta sobre Mazarrón, al parecer con abundante aparato eléctrico. Podemos imaginar el temor de aquellas gentes ante el poder desatado de la naturaleza. Aislados, sin más luz que la débil de unas velas de cera y unos candiles, debían afrontar la tormenta en una casa ruinosa, con el viento golpeando y el agua amenazando entrar por unas puertas y ventanas toscas y en regular estado. Sobre la una de la mañana un estruendo sacudió el puerto, pero, dejemos la palabra a un testigo de la época. El cura que oficiaría el entierro transcribió las circunstancias de la muerte de Antonia Ruíz, la mujer del alcaide y así consta en el libro de defunciones de la parroquia de San Antonio. “Como de cosa de la una de la mañana se movió una nube de la que se desprendió una centella, pegó la primera embestidura en el asta de la bandera, la que quitó con una astilla de él y en seguida se entró por la pared, derribando una gran porción, donde estaban dos durmiendo y no les ofendió en cosa alguna, después bajó taladrando la pared foránea de la torre, hasta entrar en la primera bóveda, donde estaba refugiada la citada con su familia; havía una luz de candil, y un cabo de zera del Srmo. encendido, y apagando aquella, dejó esta ylessa; A la difunta no le encontraron ofendida en cosa alguna y se cree la hytocaria (intoxicaría) el humo; no testó por no tener bienes y lo firmé.

En su informe de 1799, el ingeniero Juan José Ordovás nos da detalles del lugar donde murió Antonia, y refiriéndose a la torre “…En su interior contiene dos bóvedas, una sobre otra; en la primera hay una división que sirve para la gente que custodia la torre, y no tiene otra luz que la que suministra la puerta; en la segunda hay una división que es para el depósito de pólvora, y toda ella se ilumina por una arpillera. En la parte superior de la torre se encuentra la batería para cuatro piezas en otras tantas embrazuras; allí está la habitación de los torreros y el repuesto de los efectos de la batería; subiéndose a ésta desde la primera bóveda por una escalera de caracol que se halla embebida en el macizo del muro”. Por la anotación de su defunción, parece que el rayo descargó sobre el mástil de la bandera, en la parte superior de la torre; astilla la misma y sigue una trayectoria hacia la pared de los torreros, la cual al estar en no muy buen estado, cae en parte, saliendo ilesos los dos torreros que duermen en la misma, que se despertarían sobresaltados por el estruendo. Atravesando la pared, siguió el rayo su trayectoria, y pasó a la primera bóveda, donde Antonia se hallaba con su familia, apagando el candil y dejando encendida la vela. Si no hubo incendio, no podría haber intoxicación, y es más probable pensar que muriese, sin llegar a estar “ofendida en cosa alguna”, por una arritmia producida por el propio rayo.

Su marido, Ginés de Plazas seguiría en la milicia. En 1787 lo encontramos de alcaide de la torre del Estacio. Tiene a sus órdenes a otros cuatro torreros, que conformaban la exigua guarnición. Cobraba Plazas 84 reales y seis maravedíes, según informaba el ingeniero Pedro de Navas en su informe de 1787. La Torre del puerto se transformaría en el actual faro hacia 1861.

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